Carta de la Dra. Lydia Coriat al Director del Hospital de Niños

Carta de la Dra. Lydia Coriat al Director del Hospital de Niños

“CHICHÍ”…
(les compartimos una carta dirigida a quien era entonces el Director del Hospital de Niños “Dr. Ricardo Gutierrez” ante el posible desmembramiento del Equipo Interdisciplinario para el trabajo en Estimulación Temprana que, a partir del año 1960, la Dra. Lydia Coriat venia formado -el documento forma parte del escrito “Palabras de Apertura”, de la lic. Elsa Coriat-).

 

 

Buenos Aires, 18 de mayo de 1970

Prof. Dr. Raúl J. Vázquez

Estimado Profesor:

Me he desvelado a las tres de la madrugada, y decidí escribirle estas líneas a manera de diálogo con Vd., pensando que mi emotividad, sensibilizada ahora por el problema que me preocupa, dificultará la exposición concreta de los conceptos que quiero hacerle llegar.
En 1960 me interesé por el problema del mongolismo y obtuve una beca del CNICT para investigar diversos aspectos de la afección. En esa época trabajaba en la sala 18, desde cuyo C. Externo hice mis primeros estudios de investigación clínica.
Apenas el cuerpo médico se enteró de que en alguna parte se estudiaba Mongolismo, los pacientes afluyeron en masa, porque los profesionales se encontraban desvalidos frente a la afección de sus enfermos o de sus familiares. Yo también.
Me sentía culpable de recibirlos con sus ansiedades y sus angustias, obtener los datos necesarios para mi investigación, y dejarlos ir sin ayudarles. Ni la reeducación clásica, ni las medicaciones habituales, evitaban el profundo deterioro de la mayoría de estas criaturas.
Durante mis primeros tanteos al margen de las medicaciones habituales, fue una enferma determinada, Chichi, quien encendió una luz que me mostró el camino: niña de dos años, moderadamente afectada, sin complicaciones que agravaran el cuadro, hija de un hogar que se preocupaba eficazmente por ella y la rodeaba de afecto, fue la primera de mis pacientes que en el curso de seis meses, en lugar de bajar su cociente intelectual como era lo habitual, subió 20 puntos: de 55 a 75. ¿Cual era la diferencia con los otros niños? Que estuvo en manos de una
psicóloga, y no de una reeducadora fonética o motriz exclusivamente.
Aún a riesgo de efectuar deducciones apresuradas, comencé a enriquecer los conocimientos de una colaboradora fonoaudióloga, dotándola de nociones de psicología evolutiva para repetir en nuestro Hospital la experiencia, y los primeros resultados fueron alentadores.
Como muchos niños mongólicos llegaban a mis manos deteriorados psíquicamente, sus familias perdida toda la fe y la esperanza, y resultaba inoperante el tratamiento, elaboré a lo largo de los años una técnica propia, que transmití a mi reeducadora, para iniciar el trabajo desde lactantes.
Desde el primer momento colaboró conmigo el Dr. Waksman, verificando los niveles de maduración de los niños y aportando sus conocimientos psicoanalíticos para la mejor interpretación de la dinámica de su personalidad.
Los resultados fueron superiores a lo esperado, y nos obligaron a aceptar la colaboración de varias reeducadoras que desinteresadamente vinieron a trabajar con nosotros, aprendieron la metodología y la enriquecieron con sus aportes.
Poco después la experiencia en lactantes mongólicos se hizo extensiva a toda clase de lactantes con retardo de maduración, y desde el Servicio de Neurología se encaró un nuevo aspecto de la terapéutica: el tratamiento activo de procesos generalmente considerados no tratables, logrando excelentes resultados a través de la estimulación temprana.
Volviendo al Mongolismo: Nuestra progresiva afirmación hizo que las madres recibieran apoyo, aprendieran a conocer a sus hijos ayudándoles mejor, y miraron el futuro con menos temor. Los controles periódicos de su evolución les mostraban en cifras el progreso de sus hijos; el Mongolismo dejó de ser, para muchas de ellas, un fantasma detestable, para pasar a ser un problema, en parte solucionable.
El trabajo en marcha fue presentado en las Jornadas Argentinas de Pediatría de 1964, en Mar del Plata, interesando sobremanera al público pediátrico.
(…)
Constantemente recibo desde el exterior pedidos de noticias sobre la marcha del trabajo y la evolución de los niños tratados con estimulación temprana, y supervisados ulteriormente por el equipo.
(…)
Mientras tanto, muchos de los primeros niños mongólicos tratados por mí desde pequeños, pasaron con éxito por jardines de infantes de niños sanos, y llegaron a la edad escolar. Algunos pudieron asistir a Institutos privados, en los que continuamos la supervisión.
En la Pcia. de Bs. As. entraron sin restricciones a las Escuelas Diferenciadas estatales, escalando más pronto que lo habitual los primeros preparatorios.
En la Capital, la Dirección General de Enseñanza Diferenciada, por primera vez en su historia, abrió sus puertas vedadas hasta ahora a los mongólicos, ante la evidente realidad de niños con cocientes superiores a 60, hecho excepcional hasta entonces.
La Dirección de Enseñanza Diferenciada de la Pcia de Bs.As., reconociendo la diferencia básica de la personalidad de estas criaturas cuando son educadas precozmente, me solicitó que con colaboradoras fonéticas y psicológicas les asesorara en la confección de planes y programas para jardines de infantes para niños deficientes de 2 a 5 años.
En 10 años he visto más de 1500 familias sacudidas por el nacimiento de algún niño mongólico.
Estamos siguiendo aproximadamente 1000 de estos niños, la mayoría de Bs.As. y alrededores, y algunos de provincias alejadas.
El Hospital me brindó su apoyo en el sentido de que pude trabajar bajo su techo y en su nombre, pero las condiciones en que se encontraba me obligaron a buscar colaboradores paramédicos de fuera del Hospital y trabajar para formarlos en la tarea específica, en todos los casos. No hubo psiquiatra que en esos años se interesara por el Mongolismo, salvo, naturalmente, el Dr. Waksman que me ayudó hasta hoy en forma totalmente desinteresada. Al Hospital no le costaron nada esos miles de horas calificadas que ayudaron a enriquecerlo y a prestigiarlo.
La tarea está por culminar, pero la culminación no significa para mí presentar un trabajo científico a un congreso internacional, cerrar el consultorio donde se atienden en equipo estos niños, y dedicarme a atender los que puedan ir a mi práctica privada.
Culminación significaría ampliar las posibilidades de trabajo a través del difícil entrenamiento de más personal, del asesoramiento psicológico y psiquiátrico, del diálogo diario con los médicos sobre este problema, como lo he venido haciendo hasta hoy.
Ahora el Hospital marcha sobre nuevas bases: ya no estaremos huérfanos de orientación psiquiátrica y psicológica; no necesitaremos ser francotiradores; habrá una unidad de criterio, y el grupo que se hace cargo es de excelente escuela y, además, actúa con criterio sanitario. Pero dentro de los vastos problemas de salud mental del momento, el del mongolismo, superespecializado, parece pequeño. Psicología Preventiva no podrá dedicar atención al mongolismo.
El trabajo sobre el tema se verá severamente afectado. He hablado con el Dr. Campo ampliamente de los problemas psicológicos y psiquiátricos del Hospital y de Neurología. Comprendo que al fin las cosas cambiarán favorablemente, y en ese sentido lo apoyo calurosamente, pero me pregunto si hay razón para interrumpir, a plazo perentorio, una experiencia como ésta, única en el mundo, que ya lleva años de evolución, en quien tienen puestos los ojos muchos técnicos y científicos del exterior, que beneficia, evidentemente, a centenares de niños de nuestro país, y que no ha costado ni seguirá costando nada a nuestro Hospital.
Le ruego que piense en ello durante este viaje, que sinceramente le deseo resulte fructífero, y reparatorio de la intensa labor hospitalaria. La poliomielitis en un Roosevelt, impulsó la investigación en la enfermedad hasta los niveles actuales.
La Deficiencia Mental en una niña Kennedy, creó la Fundación de ese nombre e hizo financiar e impulsar la investigación hasta altos niveles.
Tal vez quien comprende en sus fibras más íntimas el Mongolismo a través de Chichi, encuentre alguna forma para que nuestro Hospital mantenga el equipo, que recién ahora alcanzó la madurez necesaria para presentar sus experiencias y elaborar planes fundamentales. Ojalá se evite su dispersión y la de los enfermos que se atiende.

Profundamente preocupada,

Lydia F. de Coriat